Solución

Vivió varios meses atormentada por el duendecillo que cada noche se colaba en su habitación y le pintaba algunas canas nuevas mientras dormía. Hasta el día que le regalaron un gato por su cumpleaños: la mañana siguiente a su llegada el minino amaneció relamiéndose los bigotes manchados de pintura blanca.

Palabras inútiles

Juan no tenía ningún discurso preparado el día que fue a declararle su amor a Rosita. No hacía falta: simplemente dejaría que las palabras salieran de su corazón.
Pero llegado el momento no encontró qué decir. No había palabras para expresar lo que ella significaba para él, ni términos para definir lo que sentía estando a su lado, ni frases que explicaran lo que estaba dispuesto a hacer por ella.
Así pues, no le quedó más remedio que demostrárselo con hechos los cincuenta años que vinieron después de que Rosita respondiera a su silencio con un “sí”.

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Este microrrelato fue uno de los dos que envié, sin éxito, al concurso de la Fundación César Egido Serrano.

Escape

Tu control no me deja alternativa. Desde el inicio yo quise entrar, avanzar página e insertar, pero decidiste interrumpir, bloquear desplazamiento y bloquear números. Forzaste una pausa y me hiciste retroceder página; te gustaba suprimir mi alternativa gráfica y verme en retroceso. Con flechas mayúsculas destrozaste mis funciones. Por eso he decidido imprimir pantalla entre tú y yo, interponer la barra espaciadora para poner fin a esto y tirarme al escape por una de las ventanas.

Accidente

El autobús quedó destrozado, los pedazos de carrocería desparramados en un radio de unos veinticinco metros. Y entre los restos metálicos, la gente. La mayoría se estaba poniendo en pie y algunos auxiliaban a los que se quejaban por contusiones o huesos rotos. No hubo muertes, tan solo la conmoción colectiva y, retumbando en los oídos de los pasajeros, las palabras del chófer “suba, suba, que sí cabe” que se escucharon unos segundos antes de la explosión causada al cerrar la puerta de golpe.

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Con este microrrelato tuve el honor de participar en el Vendaval de micros 2011. Haz clic en el enlace para conocer más de esta excelente y exitosa iniciativa. Y hasta me dieron un diploma, mira:


Pizza

Armaron la pizza entre caricias. Ella le abrazaba tiernamente por la espalda mientras él estiraba la masa. Luego, él le respondió de igual manera cuando ella extendía la salsa, añadiendo besos en el cuello y haciéndola estremecer. Colocaron juntos el resto de los ingredientes entre miradas y roces cargados de deseo. Cuando la última oliva estuvo en su sitio se fundieron en un ardiente beso y allí mismo se dejaron llevar por la pasión, olvidándose de meter la pizza en el horno. Juntos volaron y visitaron lugares maravillosos sin salir de la cocina.

Un rato después los amantes, satisfechos y hambrientos, no se sorprendieron demasiado al encontrar una pizza humeante y perfectamente horneada sobre la encimera de la cocina.

Laberinto

Después de toda una vida luchando por encontrar la salida, finalmente se vio fuera del laberinto. A su espalda quedaron las paredes de piedra. Delante, una llanura infinita. Una suave brisa acarició su rostro, dándole la bienvenida a la libertad.

Sin embargo, jamás se había sentido tan perdido como entonces.

Extraña ceguera

Aquel hombre no veía los emoticones. Lo que para todo el mundo eran caritas sonrientes, tristes o enojadas, para él eran signos de puntuación sin sentido. Esto resultaba extraño a todo el mundo, ya que este tipo de ceguera se puede entender cuando hablamos de estereogramas, por ejemplo, cuya correcta percepción requiere cierta técnica y mejora con la práctica. Pero ¿ceguera de emoticones? ¡Por favor!

Sin embargo, para adaptarse a estos tiempos de SMS, emails, twitters y facebooks, el hombre aprendió a expresar exactamente su estado de ánimo valiéndose sólo de palabras escritas.

Con el tiempo se convirtió en un gran poeta.

El último número

En vida había sido un gran mago, famoso por sus trucos de levitación. Por eso a nadie le sorprendió que su ataúd flotara cinco centímetros por encima de los hombros de los familiares y amigos que lo transportaban.

Confianza

La vio, y un segundo después estaba perdidamente enamorado de ella. Supo en ese instante que estaba ante la mujer de su vida y que su destino era estar juntos para siempre. Tras unos pocos minutos de conversación a él le pareció como si la conociera de toda la vida, que era su otra mitad y que ya nada podría separarlos. Se sentía tan cómodo a su lado que, con la confianza de quien tiene treinta años compartiendo un lecho matrimonial, sin pensarlo siquiera, dejó escapar una sonora flatulencia.
Lo último que vio de ella fue una mueca de asco antes de que se largara para siempre de su vida.

La pistola de juguete

Ayer me crucé con un chico y su padre cuando venía a casa después del trabajo. El hombre charlaba con alguien que parecía haberse encontrado por casualidad en la calle y tenía a su hijo, de unos seis años, cogido de la mano. El niño tenía una pistola de juguete en su mano libre y se dedicaba a dispararle a los cuervos que picoteaban la nieve en la acera. El niño hacía “pum” con la boca, simulando el movimiento de retroceso del arma a cada disparo, sin importarle que los cuervos fueran inmunes a sus balas de mentira.

Me disponía a cruzar la calle cuando el niño me miró. Bajé la acera mirándolo de reojo, y pude adivinar sus intenciones: me iba a disparar por la espalda. Di varios pasos con el cuerpo tenso, listo para recibir el disparo. El chico estiró su brazo y puso el arma a la altura de sus ojos, con un pequeño guante colgando de un hilo que entraba por la manga de su abrigo. Apuntando al centro de mi espalda, apretó el gatillo con su minúsculo dedo índice. Escuché el chasquido de la pistola de plástico y un “pum” pronunciado con tono grave, como si fuera el golpe definitivo.

El proyectil invisible impacta en mi espalda. Mi abdomen sale disparado hacia adelante, mis hombros quedan atrás, formando mi columna vertebral un arco que parece una parodia de un paso de baile. Una mueca de dolor desfigura mi rostro. Suelto un sonido gutural, como si tuviera líquido (¿sangre, quizá?) en mi garganta. Doy dos pasos adelante tambaleándome. Me giro un poco para ver a mi agresor, que tiene los ojos muy abiertos, sorprendido por el efecto de su disparo. No puedo mantenerme en pie, me desplomo en la calle cubierta de una mezcla de hielo, nieve y sal. Un coche se detiene junto a mí, bajan sus dos ocupantes a auxiliarme. Segundos más tarde estoy rodeado de varias personas. Abro los ojos desde el suelo y veo una vez más al niño. Su padre lo lleva cargado y se aleja del lugar de los hechos. El chico tiene la boca abierta, el rostro paralizado por el terror. La pistola ya no está en su mano, está tirada en la nieve.

Terminé de cruzar la calle, me giré y vi al chico disparando ahora a las ruedas de un autobús que pasaba. Mi mitad siniestra estaba convencida de que hacerle una broma así al niño-tirador sería divertido. Sin embargo, mi otra mitad sabía que esa fantasía, al igual que la del chico, no tendría mucha gracia en la vida real.

Minicuento navideño

Aquella fue una Navidad extraña para Juan. Miraba atónito cómo los arbolitos dejaban regalos al pie del niño de Navidad para que Papá Noel viniera a buscarlos.

O quizá era él, que no le veía sentido a las cosas desde que ella se había ido.

Rediseño

Pues ya iba siendo hora de renovar un poco el aspecto de este sitio, para hacerlo un poco más amigable de leer. Como recuerdo de los primeros meses de actividad, dejo aquí una instantánea de como lució durante cuarenta y tres entradas.


Ahora si lloras de pena leyendo lo que escribo no podrás disimular diciendo que era porque las letras de ese tamaño con esos colores te irritaban los ojos :-)

También he agregado arriba un par de pestañas con información sobre el sitio y sobre mí. Espero que el nuevo diseño sea de tu agrado. Que lo disfrutes.

1973

Todo empezó cuando me di cuenta de que existen dos canciones autobiográficas tituladas con el año de nacimiento de sus respectivos autores. Una de ellas es “Del ‘63”, del supertalentoso Fito Páez. La otra se llama “Yo también nací en el 53”, compuesta por Víctor Manuel y Andrés Molina y popularizada por Ana Belén.

Puedes escucharlas antes de seguir adelante. Yo espero.





¿Ya? Ok, sigo.

Buscando información al respecto, resultó que ambos temas están relacionados. Originalmente Andrés Molina compuso “Yo también nací en el 63” como respuesta al tema de Páez, y después Víctor Manuel creó su propia versión cambiando la letra y el año para ajustarla a su generación.

Los tres temas me gustan mucho, pero claro, siendo del 73 no puedo sentirme muy identificado con ninguno. Me puse a buscar entonces una canción que siguiera este ciclo de diez años y que estuviera dedicada a mi año de nacimiento. La buena noticia es que la canción existe, se llama “1973” y es de James Blunt. La mala es que está inspirada en la famosa discoteca Pachá en Ibiza, inaugurada ese año, lo que no me da ni frío ni calor. ¡Es que ni siquiera es el año de nacimiento del autor! (Blunt es del 74).

Sin embargo, durante mi búsqueda visité la entrada de la wikipedia en español dedicada a 1973, y revisé la lista de los nacimientos por curiosidad. Y ¡Oh, sorpresa! encontré gente con la que sí me siento muy identificado.

En primer lugar destaco la presencia de Seth McFarlane, el creador de la serie de dibujos animados Padre de Familia (Familiy Guy), de la cual soy fan acérrimo. Yo sabía que era un tipo joven, pero no pensé que lo fuese tanto: la serie comenzó a transmitirse en 1999, pero McFarlane recibió el dinero para hacer el piloto con tan solo 24 años. Es un tipo irreverente donde los haya, y sin duda estoy contento por compartir mi año de nacimiento con él.

Luego tenemos al historietista argentino Liniers, a quien tuve el honor de agregar a la lista, puesto que no estaba. Dibuja la tira diaria "Macanudo" en el periódico La Nación, y al leerla se nota mucho que crecimos con influencias muy similares. Es muy bueno y creo que está haciendo historia en el cómic argentino.

En el apartado deportes, están los futbolistas Roberto Carlos (Brasil) y Fabio Cannavaro (Italia), ambos campeones mundiales con sus respectivas selecciones; y el piloto italiano de Fórmula 1 Giancarlo Fisichella.

Entre los actores está Jorge García, que interpretaba a Hurley en la serie Perdidos (Lost), uno de los mejores personajes dentro de una de mis series favoritas de todos los tiempos. Nick Patrick Harris se hizo famoso muy joven protagonizando la serie Doogie Howser, M.D. (serie conocida en Venezuela como El doctorcito); y Omar Epps haciendo el doctor Foreman en otra serie que sigo con regularidad: House. Por último, tenemos a Kate Beckinsale, de quien caí perdidamente enamorado cuando la vi haciendo de vampiro en la película Underworld.

También hay varios actores españoles, como Eduardo Noriega, que ha participado en muchísimas películas, tales como Tesis, Nadie conoce a nadie y El método. Volviendo a la TV, en la versión española de Camera Café (de la que he visto cientos y cientos de episodios) participan tres actores nacidos en el 73: Carlos Chamarro, Álex O’Dogherty y Ana Milán. Y de otras dos series que también me han gustado están Daniel Guzmán (Aquí no hay quien viva) y Melanie Olivares (Aída). Sin olvidar a Nacho Vidal, uno de los actores porno más famosos a nivel mundial.

Por supuesto que la lista original es mucho más larga; esta selección sólo representa aquellos nombres y caras que me suenan y con los que estoy familiarizado. Algunos pasarán a la posteridad, otros serán olvidados pronto y nombres nuevos serán agregados en el futuro.

Tomando en cuenta que la edad promedio de los ganadores del premio Nobel es de sesenta y pico de años y no le van a dar un Oscar por su carrera cinematográfica a alguien de menos de cuarenta años, me doy cuenta de que esa lista aún puede crecer, no sólo en cantidad, sino en calidad.

Entonces ¡vamos, amigos setentaytreros! A trabajar duro para hacer grandes cosas y engordar la lista de la wikipedia con nombres que sean recordados por generaciones. Así, dentro de treinta años podré decirle a mis hijas y nietos: "Miren, el año en que yo nací trajo al mundo a este montón de grandes personalidades".

Y quizá para entonces alguien haya compuesto una canción llamada "Nacido en el 73".

Los últimos tres segundos

Rafael entró corriendo a la habitación de los archivos. Era una habitación grande, atestada de archivadores que llegaban hasta el techo formando varios pasillos, con cajas de cartón tiradas aquí y allá. Fue directamente hacia una fila de archivadores concreta, que tenía un cartelito escrito a mano que ponía “Universidad” pegado con celo. Disminuyó la velocidad para revisar las etiquetas de los cajones, y se detuvo frente a los que indicaban “1990”. Respirando agitadamente, abrió el que contenía los archivos de la H a la N y con dedos nerviosos empezó a rebuscar. El tiempo se le acababa, y él lo sabía: si no encontraba el archivo preciso en pocos segundos, todo estaría perdido.

Los dedos de Rafael se movían veloces por las solapas identificadoras de las carpetas, ajenos al sonido del segundero de su reloj, que parecía resonar por toda la sala. Le quedaban tres segundos cuando dijo “!Ajá!”, y sacó una carpeta de un tirón. La abrió y una fotografía cayó al suelo. La recogió y le echó un rápido vistazo antes de ponerla en la carpeta otra vez. Sonó un “tic” estruendoso: dos segundos. En la carpeta también había un folio, en cuyo encabezado se leía la palabra “Liliana” seguida de un borrón indescifrable. Leyó rápidamente el breve texto del cuerpo del informe, y cuando iba por la última línea sonó un “tac” avisando de que el último segundo había empezado. Rafael suspiró aliviado y colocó la carpeta de nuevo en su sitio, justo a tiempo.

- ¡Claro que me acuerdo de ti, Liliana! - dijo Rafael a la mujer que lo había saludado pocos segundos antes en la parada del autobús. - Estudiamos juntos en el primer semestre de la carrera, hace veinte años.
- Qué buena memoria - respondió Liliana, sonriendo.
- No tan buena. No me acuerdo de tu apellido.

Domingo en la mañana

- Tengo miedo, papá
- ¿Y qué es lo que hemos dicho sobre el miedo?
- Que siempre podemos seguir adelante aunque tengamos miedo... es natural tener miedo, pero no que el miedo mande sobre nosotros.
El padre asintió. Su semblante serio no dejaba entrever el orgullo que sentía por su hijo de ocho años. El niño suspiró y volvió a ver el vacío bajo sus pies. Estaban parados en el borde de un acantilado de unos cien metros de altura. La brisa del domingo en la mañana soplaba suavemente alrededor de la pareja.
- No te pasará nada. - respondió el padre. - Recuerda que estaré a tu lado todo el tiempo.
El niño miró sus ojos; estaban muy serios, pero transmitían confianza y seguridad.
- De acuerdo. - dijo, y le dio un beso en la mejilla a su padre. Luego, sin pensarlo, saltó al vacío.

El niño tomó la posición aprendida: cuerpo horizontal, brazos extendidos y ligeramente flexionados, piernas juntas. La tierra se aproximaba a él a una velocidad de vértigo, pero él no la veía: tenía la vista al frente, fija en las colinas que se divisaban en el horizonte.
Tras unos pocos segundos, sintió que tenía suficiente velocidad y entonces empujó. El fuerte viento que antes venía de abajo comenzó a sentirse desde el frente. Miró abajo y a los lados y comprobó que estaba volando en una trayectoria horizontal a unos treinta metros de altura. Cuando su padre se colocó a su lado volando también, ambos sonrieron.

Media hora después, el superhéroe y su hijo estaban sentados en la cima de una de las colinas, cansados y sudorosos por el esfuerzo, pero felices.
- Te felicito. - dijo el padre a quien sería su sucesor algún día - Has controlado muy bien el miedo. Cuando tenía tu edad y tu abuelo me enseñaba a volar, yo también tenía mucho miedo a caer.
- Pero yo no tenía miedo a caer, papá. Tenía miedo a que te sintieras decepcionado si fallaba.

Hoy me siento breve ¿y tú? (V)

Siguiendo en la misma onda, aquí está el quinto y último cuento hexapalábrico de la serie:


El beso infiel le supo agridulce.

Hoy me siento breve ¿y tú?

Navegando por la red me encontré con algo curioso. Si antes hablaba de microrrelatos por tener cien palabras o menos ¿cómo podríamos llamar a cuentos de sólo seis palabras?

He encontrado dos referencias diferentes. Por un lado, en 2006 la revista estadounidense Wired le pidió a diversos autores famosos que escribieran un nanocuento de estos. Aquí se puede ver el resultado (en inglés). Por otro lado, una editorial (Editorial Navona) convocó un concurso este año con las mismas limitaciones: sin título y seis palabras de extensión. Al parecer ambos movimientos vienen inspirados por un famoso cuento que se atribuye a Hemingway:

Vendo zapatos de bebé, sin estrenar.

(For sale: baby shoes, never worn)

Otro microcuento muy famoso es "El Dinosaurio" de Augusto Monterroso:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

A mí me sorprendió mucho ver cómo se puede transmitir tanto en tan pocas palabras, sobre todo en el cuento de los zapatos de bebé, donde ni siquiera se narra una acción o un sentimiento: es tan solo un anuncio. El cuento de Monterroso deja más abierta la interpretación. Recuerdo haberlo leído en mi adolescencia (en un compendio de relatos cortos llamado "Para leer en la cola") y ahora veinte años después lo entiendo de manera diferente.

Según entiendo, lo bonito de esto es que el lector tiene que contestarse a sí mismo las interrogantes que le surgen tras leer tan sólo seis palabras (o siete, como en El Dinosaurio). Además, muchos de ellos podrían funcionar muy bien como primera frase de un cuento más convencional. Si quieres leer más puedes ir a la página del concurso mencionado arriba, que ya lleva más de tres mil minirrelatos enviados. Los hay de todas clases: algunos graciosos, otros absurdos, muchos fantásticos.

Y por supuesto, no pude resistirme a escribir mis propios cuentos hexapalábricos. Voy a dejar el primero aquí, y publicaré uno más cada día esta semana ¿de acuerdo? Ya me dirás si te sientes breve.

Cuento hexapalábrico 1:

- Trae un extinguidor, rápido ¡Estoy ardiendo!